George Rooke (george_rooke) wrote,
George Rooke
george_rooke

Эпизод по атаке Кадиса, 1587 год, испанская версия



Esto pasaba en Indias, y de ellas el año de 1587 se fue a Es­paña, a donde intentó también saquear la ciudad de Cádiz. En­tró el corsario solo con su Capitana en la bahía, que no le pudo seguir su armada por el riguroso tiempo y gran tormenta que an­daba sobre la costa, y así andaba dando vueltas de un bordo y otro, que todos se admiraban de que se pudiesen sustentar sin hundirse o dar al través. En la costa entró de noche y surgió entre otros navíos que estaban en la bahía aunque apartado de ellos; y es muy cierto que si su armada entrara antes que fuese de día, saqueara a Cádiz.
 En esta sazón estaban las galeras de España despalmando en el puerto de Santa María, y su general estaba en Cádiz. Don Pedro de Acuña, que después fue gobernador de Cartagena, que en aquella sazón era cuatralbo de aquella armada, despalmada y aderezada la Patrona atravesó en ella la bahía a saber de su ge­neral lo que ordenaba, el cual juntamente con el corregidor de la ciudad se andaban paseando sobre un pretil junto a la marina; como vio su Capitana diole de mano con un pañizuelo, llegó el don Pedro de Acuña donde estaba el general, el cual le preguntó si había reconocido aquel navío que estaba surto, desviado de los otros navíos; díjole que no. Mandóle el general que fuese y lo reconociese, porque le parecía extranjero. Partió al punto don Pedro a hacer lo que se le mandaba.
 El inglés, que reconoció el intento que traía la galera, con pres­teza levantó el ferro y recibióla con un tiro de artillería que le llevó un banco con tres forzados. Respondióle la galera con los dos tiros de crujía, largó el paño el inglés a su Capitana y endere­zóla a la puente Suazo, llave de la ciudad de Cádiz y puerta para toda España. Ibanse las dos capitanas bombardeando y escara­muzando; la de España, que tenía mejores alas, con toda pres­teza se metió debajo de la puente Suazo, a donde y desde a donde las dos capitanas se estuvieron bombardeando dos días con sus noches.
En el uno de ellos se vio la armada enemiga a una vista, pe­ro no pudo tomar puerto por el recio tiempo, porque la armada andaba por los cielos y la bahía bramaba que ponía temor a los de tierra; pero a las dos capitanas no les estorbaba el pelear, por­que era mayor el fuego de la cólera, la una por el interés de romper la puente, que era el intento del inglés para que no le entrase socorro a Cádiz y poderla saquear, y don Pedro de Acuña por de­fenderla y repararla de este daño.
La gente de la ciudad en un fuerte escuadrón había salido a la defensa de la puente, pero no podía llegar a ella porque los desviaba el inglés con su artillería. Había corrido la fama por lo más cercano de la tierra y los postas a pedir socorro. El que lle­gó primero fue el de San Lúcar y Santa María del Puerto; al otro día llegó la caballería de Jerez, con su infantería.
Halléme yo en esta sazón en Sevilla, que el jueves antes que llegase el aviso del socorro se había enterrado el Corzo, cuyo entierro fue considerable por la mucha gente que le acompañó. los muchos pobres que vistió dándoles lutos y un cirio de cera con que acompañasen su cuerpo. Acudió toda la gente de sus pueblos al entierro, con sus lutos y cera, y todo ello fue digno de ver. Lleváronle a San Francisco y depositáronle en una capilla de las del claustro, por no estar acabada la suya.
El viernes siguiente, después de mediodía, entró el correo a pedir el socorro para Cádiz. Alborotóse la ciudad con la nueva y con el bando que se echó por ella. Andaban las justicias de Sevilla, asistente, audiencia, alcaldes de la cuadra y todas las demás, que de día ni de noche no paraban.
El lunes siguiente en el campo de Tablada se contaron cin­co mil infantes, con sus capitanes y oficiales, y más de mil hom­bres de a caballo, entre los cuales iban don Juan Vizentelo, hi­jo del Corzo, y el conde de Geluel, su cuñado, cargados de luto hasta los pies de los caballos. Acompañólos mucha gente de la suya, con el mismo hábito, que hacía un escuadrón vistoso entre las demás armas; estuvo este día el campo de Tablada para ver, por el mucho número de mujeres que en él había, a donde mos­tró muy bien Sevilla lo que encerraba en sí, que había muchas piñas de mujeres, que si sobre ellas derramaran mostaza no lle­gara un grano al suelo.
Partió el socorro para Cádiz, unos por tierra, otros por el agua; y no fui yo de los postreros, porque me arrojé en un barque llegamos a San Lúcar, y de ella por tierra al puerto de Santa María, desde donde se vela la bahía de Cádiz y lo que en ella pasaba. Fue de ver que dentro de cuatro días se hallasen al so­corro de Cádiz más de treinta mil infantes armados, y más de diez mil hombres de a caballo; y no fueron los de Córdoba los postreros, porque de ella vino muy lucida caballería y mucha infantería muy bien armada. Fue muy de ver estas gentes y el haber venido tan presto. La armada del enemigo andaba cerca de tierra, de una vuelta y otra, sin poder entrar en el puerto. Las galeras de España no los podían ofender, porque estaban desapercibidas despalmando, y el tiempo era muy recio para galeras.
 El corsario Drake, visto que no podía salir con lo que había intentado, y que su armada no le podía dar ayuda, fue saliendo del puerto; y no quiso salir sin hacer algún daño en lo que pudie­se. Estaba surto en la bahía aquel galeón San Felipe, famosa ca­pitana del marqués de Santa Cruz; pasó por junto a él, que es­taba sin gente ni artillería, y diole dos balazos a la lumbre del agua, con que lo echó a fondo. Más adelante estaba una nave ra­gosesa del Rey, cargada de trigo, y también la echó a fondo, y con esto se salió a la mar y se juntó con su armada. Habiendo abonenzado el tiempo revolvió sobre San Lúcar de Barrameda dentro de diez días. Aquella barra es peligrosa, porque se entra a ella por Contadero. Envió un patache con una bandera de paz y un recaudo al duque de Medina, suplicando le socorriese con bastimentos, de que estaba muy falto, y se moría la gente; y que de él se había de valer, como amigo antiguo y tan gran caballero,
Platicóse entonces que este don Francisco Drake había sido paje del emperador Carlos V, que se lo había dado Phelipe II, su hijo, cuando volvió de Inglaterra, muerta la reina María, su mujer, y que por ser muy agudo se lo había dado al emperador su padre para que le sirviese, y que era muy aespañolado y sabía muy bien las cosas de Castilla, y que de allí nacía la conciencia y amistad con el duque de Medina, el cual le envió bastimento y regalos para su persona, enviándole a decir que le esperase, que le quería ir a ver cuanto allegase la gente que le había de acompañar. Respondióle el inglés, que él no había de reñir ni pelear con un tan gran caballero y que con tanta largueza había socorrido su necesidad, porque más lo quería para amigo que no para enemigo; con lo cual se hizo a la vela, y nunca más pare­ció por aquellas costas, porque se volvió a Indias, donde murió.
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